Jorge Carrión - El lugar de Piglia: Crítica sin ficción

Por Augusto Munaro

Tras la muerte de Adolfo Bioy Casares acaecida en 1999, Ricardo Piglia (1940) es considerado uno de los más sólidos representantes vivos de la literatura argentina. Crítico, cuentista, novelista y profesor de literatura en la Princeton University, este autor quien publicó su primer libro La invasión, en 1967; supo desde entonces desarrollar una inusual –y por cierto ambiciosa- propuesta literaria.

Entretejiendo géneros disímiles como el diario, la novela, inclusive la autobiografía y la novela negra con idéntica fortuna, su ficción puede modular todos los registros por igual, alcanzando una obra (verbigracia, Respiración artificial o La ciudad ausente) sintomática de la época.  Sus libros, escasos en cantidad pero no en calidad, parecen querer borrar la distinción entre ficción y realidad. El resultado es oportuno, pues ofrece una nueva forma de leer. Piglia ha sido –cabe recordarlo para interpretar mejor su poética-, ante todo, un astuto lector de los pensadores y críticos Walter Benjamín, Roland Barthes y Tzvetan Todorov.
¿Qué lugar ocupa el autor de Nombre falso dentro del sistema literario de su país?. Tal ha sido la inquietud del periodista y escritor Jorge Carrión, al encargarse de la edición de El lugar de Piglia (Ed. Candaya). Libro voluminoso que congrega el testimonio de especialistas –léase Daniel Link, Graciela Speranza, Vicente Battista, Juan Villoro, Ernesto Schoo, Juan Jose Saer, entre muchos otros- con el fin de delimitar, describir y definir, a uno de los polígrafos vivos más estudiados en la literatura hispanoamericana.
De este modo, el libro asume el intento de glosar la singularidad pigliana desde múltiples ópticas. Desenmascarar una emblemática figura de la generación de Osvaldo Lamborghini y Héctor Libertella, quien a pesar de ser dueño de un tono rayano a lo invisible, ha hecho de la reescritura, un intenso camino de exploración estética. Piglia, con una prosa llana de metáforas, y pródiga en el desarrollo de mecanismos narrativos –que apelan a la fábula, la duplica, la réplica o teoría de las versiones-, orienta su escritura a la creación de un lenguaje crítico que antecede, casi siempre, a la voz del narrador. Narrar y descifrar el acto de narrar acciones que acaecen sincrónicamente. La suya es una postura de tesis, una tentativa de combinar lo estético y social.
“Ricardo Piglia- dice Christian Estrade-, sobresale en la invención de mapas literarios reinventando a sus precursores, en los que arma el lugar desde donde le gustaría ser leído”. Lector escrupuloso de Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, Witold Gombrowicz, Borges y Macedonio Fernández, entre otros; sus libros parecen novelar las ideas centrales de la historia de la literatura argentina, donde él mismo suele situarse.

El lugar de Piglia, se complementa con tres entrevistas al escritor, además de un devedé que recoge las películas Macedonio Fernández (Andrés di Tella, 1995) y Piglia y el cine (Emiliano Ovejero, 2008), material que intenta acercar la atrayente relación que une al autor de Plata quemada con el séptimo arte. Este volumen de carácter monográfico que además de incluir artículos académicos y periodísticos, publicados previamente en otros medios, o realizados por encargo –aquellos de Rodrigo Blanco Calderón, Magali Sequera y Jimena Néspolo, por ejemplo-, posibilitan un variado y preciso estudio sobre la recepción crítica del escritor argentino. Un libro que incita a pensar la literatura.
La consagración en vida de un autor es un hecho cada vez más usual. Baste señalar el caso de novelistas reconocidos de la talla de John Updike, W. G. Sebald y Annie Ernaux; aunque también: Stephen King, Martin Amis y Roberto Bolaño. Lo que hace conjeturar que el único juez que confiere la validez y legitimidad de una obra artística, es, al fin y al cabo, el inexorable devenir de los días.

 
< Anterior   Siguiente >
[Volver]